El 24 de febrero de 2022 este ambiente natural, los Esteros de Iberá, repleto de bañados, lagunas y riachos, ardía. Los incendios venían arrasando la provincia desde hacía semanas y amenazaban San Alonso, el viejo casco de una estancia reconvertido en sede científica de Rewilding.
El equipo local de la organización ambiental que trabaja en la restauración de ambientes naturales y la reintroducción de especies nativas se había refugiado en la casa.
Allí también habían resguardado a un yaguareté –estaba sedado en un cajón de madera– y a seis nutrias gigantes, que encerraron en el cuarto que usaban de lavadero. Ya tenían el bolso armado y un punto marcado en la lomada. Si el fuego llegaba allí, la orden era abandonar la casa e ir hasta una laguna seca, el último refugio. La idea era llevarse a las nutrias y al yaguareté, la pequeña Arca de Noé que pretendían salvar del fuego.
Pasaron horas de nervios y, cuando el fuego estaba a punto de traspasar la frontera establecida y amenazaba con destruir años de trabajo, la más providencial de las lluvias los rescató del desastre. "Lo festejamos como cuando Messi ganó el Mundial", recuerda Matías Greco, un joven veterinario de 36 años, responsable del programa de Rewilding para reintroducir la nutria gigante en Iberá.
Es una mañana fría del último julio y Greco recorre el corral a la vera del bañado donde una familia de nutrias aguarda su momento para ser liberadas.
Además de conseguir los permisos burocráticos, antes de soltarlas y de que vuelvan a colonizar lo que alguna vez fue su territorio, el equipo tiene que terminar de adaptar y probar los arneses con los que las nutrias adultas emitirán las señales satelitales y de VHF para que los ambientalistas monitoreen sus movimientos, una práctica habitual cuando se reintroducen especies en ambientes naturales.
Cuando al fin abran la jaula y estén en libertad, será un hito del proyecto que busca preservar especies amenazadas o extintas en la Argentina y un paso fundamental para el Parque Nacional Iberá, el ejemplo exitoso de cómo se puede restaurar un espacio y volverlo sustentable gracias a la producción de turismo de naturaleza. Iberá y su incremento en la afluencia de turistas es el caso favorito de los ambientalistas de Rewilding y otras fundaciones para demostrar que la protección del medio ambiente puede ser una fuente de progreso y orgullo en los pueblos de la zona. Su modelo es el de algunos países de África, como Botswana o Sudáfrica, que generaron una industria alrededor del avistaje de fauna nativa.
Los yaguaretés, que también estaban en vías de extinción y fueron reintroducidos en Iberá en 2015, ya cuentan con una población de 33 individuos y son el ícono distintivo de la zona. Así como el yaguareté es el depredador tope en la tierra y ordena la distribución de las otras especies, facilitando la biodiversidad, las nutrias gigantes, asegura Greco, cumplen una función similar, pero en el agua.
La vuelta de estos dos íconos, sin embargo, no significa que la batalla por la restauración de los esteros, una zona de bañados de más de un millón de hectáreas, esté ganada. Las nutrias y el resto de los animales salvajes de este territorio aún deben enfrentar el desafío de la disputa por el espacio con la producción forestal y ganadera. Al ser tierras bajas e inundables, poco aptas para los vacunos, la ganadería nunca representó una amenaza para las especies naturales tan potente como en la pampa húmeda, por ejemplo. Sin embargo, la creciente producción de búfalos, un ganado que se adapta mejor al terreno, abrió un nuevo frente en esa batalla.
Lo primero que tuvieron que hacer los ambientalistas antes de comenzar su trabajo para que la nutria gigante vuelva a los esteros fue cerciorarse de que alguna vez hubiera estado. La restauración de la especie incluyó una tarea de detectives. En mayo de 2021, meses antes de los incendios, parte del equipo de Rewilding estaba en la laguna Breal, un meandro del río Bermejo en el Parque Nacional El Impenetrable, de Chaco.
Acostumbrados a la observación de especies, los ambientalistas se sorprendieron ante un animal movedizo y chillón que asomaba el cuello sobre el agua. Al analizar las imágenes que grabaron con sus celulares se dieron cuenta de que se habían topado con una nutria gigante, un animal que se consideraba extinto en la Argentina.
El último registro era de hace 35 años. Excitados por la novedad, lo bautizaron Teuco y pusieron cámaras trampa con la esperanza de obtener nuevas imágenes. Lo volvieron a ver y detectaron que había cavado una madriguera en la zona, hasta que desapareció y pensaron que ya no tendrían noticias suyas.
Al tiempo, sin embargo, dos vecinas de Villa Roch, un pequeño pueblo ubicado cerca de San Clemente del Tuyú, en la provincia de Buenos Aires, se pusieron en contacto con Rewilding para avisarles que habían avistado un animal extraño en su zona. El análisis de las fotos y los videos que Claudia Curi y Cipriana Aristegui habían registrado en diciembre de 2021 no dejaba dudas, era Teuco. "En siete meses, Teuco había recorrido más de 2000 kilómetros por los ríos Bermejo, Paraná y de la Plata", se sorprende Matías.
Obsesionados, los especialistas de la organización siguieron detrás de las huellas de Teuco y tuvieron dos nuevos avistajes. Una nutria gigante fue captada por una cámara trampa del Iberá y otra, por dos pescadores de Villa Ángela, en Chaco, que subieron la imagen a Facebook. Aunque no pudieron establecer si era Teuco, es muy probable que sean individuos dispersantes, machos que abandonan sus poblaciones y comienzan a recorrer kilómetros en su infructuosa búsqueda de hembras para reproducirse.
Ajenos a estas historias, Tama y Anori, el macho y la hembra de la familia que pronto será liberada, están ocupados en la ruidosa rutina anfibia con la que enseñan a nadar y cazar a sus crías. El chillido ensordecedor –los científicos identificaron 12 tipos de sonidos– y su curiosidad son una de las explicaciones de su extinción. "Los bichos se acercan a los botes y en el pasado los pobladores les disparaban, por diversión, o para comerciar las pieles, que son muy suaves y se usaban para diferentes tipos de vestimentas", explica Greco.
Junto con la nutria, otros animales autóctonos de gran tamaño desaparecieron de los esteros por la depredación de los cazadores, comerciantes y pobladores. Un naturalista francés, Alcides D’Orbigny, recorrió la zona por un par de días en 1823 y publicó descripciones de la fauna nativa. Menos de un siglo después, en 1910, una expedición de la Sociedad Científica Argentina recorrió el mismo trayecto, pero muchas de las especies ya no estaban.
Algunos científicos incluso dudaban de que la nutria gigante hubiera alguna vez habitado la zona, hasta que la aparición fortuita de un cráneo en una laguna en 1999 confirmó su presencia. Ese panorama de desolación ambiental fue el que se encontró Douglas Tompkins cuando sobrevoló los esteros en 1997.
El exempresario de la moda estadounidense tenía una larga trayectoria como guerrero ambiental en Chile y vio que Iberá ofrecía la oportunidad para desarrollar su amor por la naturaleza de este lado de la cordillera.
Era un espacio natural majestuoso, pero carente de sus especies nativas. Además de la nutria gigante, se habían extinguido el yaguareté, el oso hormiguero, el tapir, el venado de las pampas y el pecarí de collar, entre otras especies. Al año siguiente, Tompkins compró la estancia ganadera San Alonso y luego otras hasta consolidar un territorio de 150.000 hectáreas en el que primero erradicó las vacas y el resto de las especies exóticas para luego comenzar el lento proceso de restauración del ambiente natural.
Miguel Leiva es un sobreviviente de aquel viejo esquema de pobladores que cazaban para subsistir. "Finitos de lo flacos que estábamos, así vivíamos en los esteros", se ríe con la tonada cantarina de la zona. A los 15 años, Miguel y su hermano ya salían a cazar.
Embarcados en botadoras, las canoas largas y angostas con las que surcan los bajos, se pasaban hasta dos semanas recorriendo el humedal detrás de los cueros de nutrias, yacarés y carpinchos. Iban con perros que acorralaban la presa, a la que ellos mataban a "chuzazos". Dormían a la intemperie, se alimentaban de lo que cazaban y la escasez de animales volvía cada vez más trabajosa la búsqueda. "No era fácil, ni lindo, andar asesinando bichos, pero lo hacíamos porque no quedaba otra", dice Miguel, que hoy trabaja con turistas y les insiste a sus hijos para que estudien. "Así no viven lo mismo que vivimos nosotros", señala.
Ramón Ignacio Correa es otro antiguo poblador y el vecino más cercano que tiene Rewilding en su sede científica de la isla San Alonso. Vive solo, con sus caballos y un par de vacas, y asegura que no necesita más. Hace algunos trabajos para Rewilding y cada tanto se acerca a la sede de la fundación para buscar provisiones y socializar. En esas ocasiones, sus cuentos y payadas animan las sobremesas de los ambientalistas. Dice que nunca se enfermó y está feliz de que el yaguareté haya vuelto a rondar sus pagos. "Es un orgullo que esté acá", se ufana.
No es un bicho que se deje ver, pero cada tanto percibe su presencia. "Cuando se mueven los carpinchos es porque el yaguareté anda cerca", explica. Una hembra tuvo cría en su campo y Correa bautizó a uno de los recién nacidos. Le puso Mombyry, que, en guaraní, significa "lejos".
Como Miguel, Ramón y Reina Sandoval, una cocinera local a la que Mauricio Macri invitó a cocinar a la quinta de Olivos cuando era presidente, son muchos los pobladores que se beneficiaron gracias al empuje que el turismo de naturaleza le dio a la zona. El trabajo de Rewilding en Iberá generó un círculo virtuoso en pueblos como Carlos Pellegrini, que tiene un gran desarrollo de infraestructura ligada al turismo. Con los productores ganaderos y forestales, en cambio, la relación es más tensa.
La región nunca fue un polo de producción, pero hay algunas industrias que prosperan en la zona, como las forestales. Pese a que ocupan terrenos lindantes y están separados apenas por un alambrado, el contraste entre el paisaje de las plantaciones y el del parque es llamativo. De un lado, el de las forestales, hay un monocultivo ordenado y prolijo. La naturaleza se reduce a pinos y eucaliptos. Allí no crece más nada.
Del otro, en la zona del parque, los pastizales altos dejan ver un bullicio de vida. En el bañado hay yacarés, carpinchos, ciervos de los pantanos, garzas, chajás, patos, pecaríes y cigüeñas. Héctor Ramos trabaja en una empresa forestal que queda en la zona de los esteros. Tienen mayoría de pinos y algunos eucaliptos. Producen resina hasta que, alrededor de diez años después de plantados, talan los árboles y venden la madera. "Tenemos que desarrollar nuestra actividad afectando en la menor forma posible al ambiente natural", dice.
Junto con la forestal, la ganadera es la otra industria que compite con la naturaleza por el territorio del estero. A las vacas ahora se sumaron los búfalos, cuyos impulsores aseguran que se adaptan mejor a la geografía pantanosa. Cristian Burna es uno de ellos y dice que son muchos los productores agrícolas que, como él, están pasando de las vacas a estos animales portentosos y de llamativas osamentas.
Los ambientalistas aseguran que el crecimiento de este ganado en la zona atenta contra el trabajo de conservación que están haciendo en el Iberá porque los búfalos rompen los alambrados y se meten a pastar en el estero. "Bien manejado es un animal muy manso", se defiende Burna. El desafío, argumenta, es convencer a los consumidores de que la carne puede ser tan tierna como la vacuna.
"Me encanta estar acá", dice Greco mientras pasea la mirada por el paisaje que lo rodea todos los días. Comparte la vida con Magalí Longo, su novia, que también trabaja para Rewilding. Para llegar a San Alonso, una isla aislada en medio del humedal, hay que navegar una hora por el arroyo Carambola, que serpentea por un vergel de biodiversidad. Nacido y criado por padres citadinos en la ciudad de Santa Fe, su abuelo tenía una casa al lado del río y allí nació su amor por la naturaleza.
A los 12 años, les dijo a sus padres que quería ir de pupilo a una escuela agrotécnica en una reserva natural y esa experiencia lo terminó de inclinar para estudiar veterinaria. Ya recibido, viajó por Francia trabajando en un centro de esquí y en la industria del vino y, de vuelta en el país, tuvo sus primeros empleos en una veterinaria y en un criadero de cerdos, donde no duró ni una semana.
Frustrado con su profesión, un día vio un programa de televisión sobre lo que hacía Rewilding en Iberá y se presentó como voluntario. El primer día, no bien se sentó a comer, por la radio avisaron que a uno de los hombres que trabajaba en el control de especies exóticas le había picado una yarará y tenían que evacuarlo de emergencia. "¡Dónde me metí!", pensó en ese momento.
Pronto se puso a trabajar con las nutrias y su primer desafío fue lograr que se reprodujeran. La especie es oriunda de América, pero los zoológicos de Europa son los que hicieron un mejor trabajo de conservación y de allí trajeron a los individuos para comenzar su reintroducción.
Juntaron a una hembra oriunda de Hungría con un macho de Dinamarca en un corral de San Alonso y esperaron a ver qué sucedía. La hembra quedó preñada, pero perdió su primera camada de cachorros. Le ocurrió lo mismo con la segunda, la tercera y la cuarta. Un día, mientras Matías trabajaba construyendo el segundo corral, llegó uno de los voluntarios corriendo. "Mati, ¡escuché ruidos de bebés!", le dijo. Cuando miraron las cámaras ahí estaban: tres cachorros de nutria prendidos a la teta de su madre húngara. La especie había comenzado su cuenta regresiva para volver a surcar las aguas del estero.
Fuente: La Nación